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EL TREN DE LA MUERTE

jueves, 17 de noviembre de 2011 0 comentarios

RELATOS DEL VIAJE DE LA MUERTE II

Carmen, una mujer de 42 años, hizo un préstamo bancario para poner un negocio, pero fracasó en su intento de ser una comerciante. Así que quedó con una deuda exhuberante. Los acreedores todos los días la agobiaban cobrándole, pero ella no podía pagarles, así que decidió huir al norte. De esa manera, sin que su esposo y sus tres pequeños hijos varones lo supiera se marchó.

Dejó una nota en la que decía: "Me voy, no puedo más. Pronto les llamaré, cuando haya llegado a los Estados Unidos. Los amo".

Carmen nunca se imaginó que el viaje que emprendió era el de la muerte. Pronto se dio cuenta que irse de casa no fue la mejor decisión, pues encontrándose con otras personas cuyo destino era llegar al "país de las oportunidades" sufrió mil cosas.

En una noche, mientras se disponían a descansar un poco en medio de la nada (en Chiapas, México), a la luz de la luna, una banda de delincuentes se les acercaron y con arma en mano les pidieron todo lo que andaban. De manera que Carmen y todos los demás fueron despojados de sus pocas pertenencias y dinero. Pero Carmen corrió la peor suerte de todos y todas, pues la llevaron un poco lejos de los demás, y tres de los delincuentes le quitaron la ropa a la fuerza y la violaron en repetidas ocasiones cada uno de los tres.

Desnuda, desangrada y sin poder pararse de lo dañada que la dejaron estos malhechores, los demás compañeros de viaje la dieron por muerta y a la mañana siguiente la abandonaron.

Llegada la tarde, pudo incorporarse, tomó parte de su ropa rota, se la puso y caminó sin saber en qué dirección iba. Para disipar un poco toda la trsiteza, encontró esperanza en otro grupo de personas que también tenían como objetivo llegar a USA.

Después de dos largos y soleados días de caminar incesantemente, junto al grupo, llegó al lugar donde debían abordar el tren.

Ella aun seguía muy dañada producto de la violación que sufrió, pero debía subirse al tren; así que tomó fuerzas y corrió, pues el tren ya estaba en marcha. Cuando intentó agarrarse de los barrotes del tren, su pie resbaló y cayó en los rieles del tren, mientras caía como en cámara lenta, recordaba el día de su boda y los momentos felices que pasó con su esposo y sus hijos.

El vagón de atrás, en cuestión de 2 ó 3 segundo le pasó encima de su caja toráxica arráncandole la cabeza. Su cuerpo, según cuentan los que vieron, se estremeció por dos minutos sin la cabeza.

Espero lo pienses dos y mil veces más en irte del país, pues ese viaje es el de la muerte, o al menos logres persuadir a que otros no se vayan.

RELATOS DEL VIAJE DE LA MUERTE I

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En El Salvador la situación económica cada día se vuelve más difícil. Esto obliga a muchos hombres y mujeres, que representan cerca del 30% de la población total, a tomar la decisión más drástica de sus vidas: Emprender el viaje de la muerte.

El viaje de la muerte no es otro que abandonar el país en busca del sueño americano. La pobreza que angustia a los salvadoreños no les hace entrar en razón, ni pensar con una mente fresca las cosas; así que la única alternativa, según ellos, es emigrar hacia los Estados Unidos. Ignorando que en el camino pueden encontrarse con la misma muerte en persona.

El camino está lleno de peligros. Para evitar que migración los encuentre y los envíe de regreso a El Salvador tienen que caminar cientos de kilometros en áreas verdes y lejos de la ciudad, situación que aprovechan los delincuentes para asaltarlos, y a las mujeres hasta violarlas en repetidas ocasiones. Y ni hablar de todo lo que puede pasar en el tren de la muerte.

Mientras sufren todo eso en tierras ajenas, sus hijos aquí quedan expuestos a la violencia que se alimenta y se hace cada día más obesa a causa de ellos mismos que los abandonan al emprender el viaje de la muerte. Y los adolescentes al sentirse abandonados buscan aceptación en las calles, y ahí solo encuentran grupos delincuenciales como las pandillas que les ofrecen aceptación (a cambio de asesinar, extorcionar, robar, secuestrar...).

Nadie gana nada con irse del país. Lo más seguro es que encontrarán la muerte en el camino, y por si eso fuera poco sus hijos encontrarán fácilmente la vereda de la maldad y la violencia seguirá siendo un problema de no acabar.

Si estabas pensando en irte del país, te pido de favor que no lo hagas. No será la decisión más acertada. Y si alguien, cercano a ti, lo está pensando: Hazme un enorme favor, diles que eso será firmar con pluma de oro su propia muerte y les dejará más motivos a la violencia para crecer aun más.

Esperen la segunda parte, en la que veremos el caso de una mujer que sufrió muchísimo en el viaje de la muerte.

Ezequiel Barrera

Las almas del olvido

sábado, 3 de septiembre de 2011 0 comentarios




San Salvador es un sitio sin memoria, un legado sin consuelo. Cada día, al caer la noche, esta ciudad se vuelve en testigo fiel de cómo el olvido y la miseria se pasean por sus calles. A pesar de que muchas personas circulan a diario por esta zona, nadie se da cuenta de que al caer el crepúsculo, en cada esquina, en cada avenida, la vida tiene otro sentido y no precisamente mágico. Es la ciudad de otros.

Cuando el reloj frisa las 7:30 de la noche, un gélido frio sopla vertiginosamente por el centro histórico, anunciando que ha entrado la noche. Sus calzadas, que en el día parecen un mar de gente, pronto comienzan a teñirse de un ambiente lúgubre. Muchas personas regresan a sus casas luego de un kilométrico día de labores o de estudio. En la medida en que avanza el tiempo, esta dinámica se vuelve más evidente y es, entonces, que otra vida aflora en medio de congojas y resignación; de alegrías y consuelo.

Son pocas las veces que he caminado por el centro de San Salvador a deshoras de la noche; pero hace cuatro días, cuando venía a mi casa, luego de mi usual faena académica, resolví, a riesgo de que me ocurriera algo, caminar unas cuantas cuadras por el centro. No oculte, pues, mi deseo de llevar a cabo ese proyecto, que a larga no me decepcionaría. La tercera calle poniente fue testigo de mi desmedido caminar.

A lo largo de esta arteria la noche sienta como un bálsamo furtivo para muchos. Sus edificios parecían desolados y el ruido de uno que otro carro envalentonaba sus estrechas aceras. A lo lejos no se divisaba nada, ni un alma. Por un momento me cuestioné si lo que estaba haciendo era correcto. A decir verdad, no; pero, pese a eso, continué mi descabellado trayecto. El cielo estaba estrellado y las nubes se serpenteaban con un ligero avance que me dio la impresión de que pronto llovería.

Cada vez que cruzaba una avenida, miraba de un lado a otro, y pronto comencé a sentir como si me perseguían. Me negué volver atrás durante un instante, pues no quería ver que alguien venia tras de mí. Aceleré, pues, mi paso. Mi tensión comenzó a subir, pensé en correr, mas no lo hice. De repente, me di cuenta de que era solo mi imaginación; pues al volver atrás, no venia nadie.

Mi rumbo se lleno de sosiego nuevamente y con un suspiro deje atrás el temor que había sentido momentos antes. No sabía lo que mas adelante iba a presenciar.

Eran las 8:37 de la noche, había caminado siete cuadras y me faltaban cuatro. Cuando me disponía a pasar por la zona del Banco Central de Reserva, me extrañe; ya que conforme cruce una calle contigua a este, vi a muchas personas postradas a la sombra de los edificios que yacían como un testigo silencioso de lo que se vivía en esos momentos. Parecía que estaban en una reunión, había muchos cartones desplegados en las aceras y con devoción esas personas departían con matices de diversión.

Me detuve, pues, por un momento para ver de qué se trataba aquel festín de risas y cuchicheos. Eran indigentes. Sí, personas de la calle, que han sido excluidos de la sociedad solo por el hecho de no haber tenido tanta fortuna como otros. Pero, a pesar de eso, parecían felices; por lo menos, eso fue lo que percibí al ver sus rostros.

Cualquiera con conocimientos elementales en cuanto al conocimiento de la forma de vida de los indigentes podría pensar que son personas amargadas, con problemas mentales o individuos con la desesperanza como su carta de presentación. En efecto, muchas personas en estas circunstancias adolecente de tales problemas; no obstante, en medio de todo esto han aprendido a vivir como si fuesen personas con una vida normal. Y es eso lo que descubrí esa noche.

Aún estaba en esa calle, no sabía si continuar o seguir observando cómo convivían esas personas. Me impresionó sobremanera ver que muchos chisteaban, haciendo reír a más de un oyente; mientras que otros preparan un tramo de la calle como su terreno de juego, pues enseguida disputarían un encuentro futbolístico. Por otra parte, había un grupo, cuyo principal entretenimiento era tocar una guitarra vejada por los estragos del tiempo y del uso. Una que otra nota desatinada se dejaba oír, y al ritmo de Vicente Fernández, su peculiar momento se hacía más afable.

Mi curiosidad llegó al grado tal que se percataron de mi presencia y con gestos de sorpresa se miraron entre ellos. Cuando ocurrió eso, sentí un poco de pudor y, sobre todo, temor; pues su vida gira en torno a su ambiente, su círculo que por más marginado que sea, se convierte a larga en su único refugio, y yo no era uno de ellos. En seguida, avance sin dejarlos de ver con el rabillo de mis ojos. No sabía qué hacer, me sentí en un campo extraño. Así es: no era una de las tantas arterias de San Salvador, sino el sitio del olvido, el amedrentado lugar de descanso de cientos de personas que viven en la calle.

Pero luego de que se percataron de que solo era un transeúnte más, se desocuparon de mí. De modo que Abandone el lugar; y con un sentimiento de tristeza pensé en la ingratitud de nuestra sociedad. “¿Cómo es posible que nos llamemos salvadoreños si no nos ayudamos?” ¿Cómo es posible que, mientras esas personas sobreviven con lo que encuentran en la basura, otros (sobre todo los de alta alcurnia) viven a placer, ignorando que otros sufren. Las dimensiones de este problema son incalculables, son muchas personas las que deambulan por las calles del gran San Salvador. Niños, mujeres, ancianos…Esta situación no entiende de edades, credo o sexo.

Esta problemática, a lo largo de los años ha sido una constante; pues ni el Gobierno ni la Alcaldía de San Salvador se han preocupado por prestarle interés. Los indigentes, lejos de lo que muchos creen, son víctimas del sistema en que vivimos: “Si no tienes los recursos necesarios para sobrevivir, eres excluido”. Ese recorrido, por más peligroso que haya sido, me dejó en claro que la realidad es más compleja de lo que pensamos, la ausencia de soluciones concretas para esta problemática es solo una muestra de la falta de voluntad de las autoridades (municipales y gubernamentales). Mientras se disputan el poder; mientras sumen al país en una situación caótica, muchas personas se ven obligadas cada día a vivir en los suburbios, debido a sus precarias condiciones de vida.

Ya es momento de que se tomen medidas al respecto; de que en verdad resuelvan. Asimismo, este problema no solo le compete a las autoridades estatales o municipales, sino la población en general. ¿O, acaso, no pregonamos de ser una sociedad democrática y solidaria? Es triste saber que muchas personas tienen que resignarse a ser almas del olvido. Hay que extenderles la mano y ayudarles. El progreso de una sociedad no solo depende de aspectos económicos y políticos, sino de cuestiones morales…humanas. ¿No es así?

Las personas de la calle seguirán siendo, entretanto, almas perdidas, cuyo pecado fue nacer pobres…Y cada vez que pase por allí (por el Bando Central de Reserva), los miraré con resignación y seguiré cuestionándome…

Semáforos de miseria

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El semáforo se puso en rojo y mientras los automóviles esperan que la luz verde les de la vía libre, un par de niños descalzos y con los pies sucios y callosos entran en escena.

Rápidamente ingieren sustancias inflamables que escupen sobre un pequeño madero envuelto con un trapo que al ser rociado desde la boca de los infantes crea la ilusión de que los chiquillos escupen fuego.

El acto sorprende a todos los que desde sus autos, sentados y con sus manos en el timón observan atónitos. No entienden cómo puede ser posible que estos pequeños lancen fuego sin quemarse las caritas, que aunque inocentes no esconden las huellas de sufrimiento que su pasado les ha dejado.

En la siguiente cuadra, otro par de impúberes esperan que el semáforo se ponga en rojo para que con un pedazo viejo de tela de franela ocre puedan ir y ofrecer a los automovilistas su servicio de limpiar el parabrisas a cambio de un par de centavos. Algunos los rechazan porque su aspecto de indigente atemoriza, los ofenden y los lastiman psicológicamente diciéndoles: “Niño, vete de aquí, ve a molestar a otro lado… pedazo de basura…”. Los pequeñitos solo bajan su cabecita como demostrando su humillación y se van al otro carril de la calle con la esperanza de encontrar un poco de compasión en otro automovilista.

Con suerte éste otro les da permiso de limpiar su parabrisas, y ellos con mucha prisa y alegría lo limpian. Cuando han terminado extienden sus manitas para recibir sus respectivas monedas, el compasivo que les dará dinero se da cuenta que los pantaloncitos de los niños están rotos y sus camisitas sucias, su cabello aparenta que no se han duchado hace mucho, y por un momento se vuelve altruista pensando en las causas que provocaron la vida miserable de estos niños, pero ya es tarde para investigar eso, el semáforo acaba de cambiar a verde y debe llegar temprano a la oficina. 

Cada niño de la calle no está ahí porque quiere, las circunstancias de la vida lo llevaron hasta ahí. Y claro, ellos y ellas no tienen la culpa de estar en la calle, toda la culpa la tienen única y exclusivamente los adultos.

Sí, los adultos que por la condición económica tan misérrima deciden abandonar sus familias para encontrar en otro país el dinero que les ayudará a salir de la pobreza. Y que estando lejos de su hogar, de sus hijos y de sus esposas, caen en la tentación de formar otro hogar y dejar en olvido a su propia familia, a la que le prometió un mejor futuro, a la que amó tanto y por la cual hizo su viaje. Su esposa al no recibir las remesas se ve obligada a instalarse en el mercado y vender colitas y peines. Sus hijos abandonan sus estudios y se van a vender chicles y dulces, y deambulando por las calles socializan con otros muchachos de mala vida que los incitan a ingerir pega de zapatos, y es ahí donde comienza su vida de indigentes, dependiendo de las monedas que los automovilistas les dan cuando escupen fuego o cuando limpian parabrisas.

Los adultos tienen la culpa cuando no tratan de arreglar sus matrimonios y terminan en divorcios. Al final son los niños los que pagan las consecuencias porque quedan sin padres unidos a quienes ampararse, y entonces buscan en la calle el lugar donde supuestamente encuentran aceptación por aquellos que han tenido una historia similar.

Los adultos tienen la culpa cuando no les creen a los niños que han sido abusados sexualmente por un padrastro o familiar cercano. Al no ser escuchados deciden marcharse de casa para convertirse en indigentes y hacer un número artístico en los semáforos para sobrevivir.

 Lastimosamente en los semáforos vemos la realidad de estos niños pero no hacemos nada por ellos. En lo personal creo que podemos hacer mucho por la niñez.

Creo que podemos empezar por rescatar la familia. Trabajemos por una familia unida, en la que los niños se sientan seguros y no necesiten buscar nada en las calles. Así que este es un llamado para aquellos que están pensando en abandonar el país y enviar remesas a su familia, no lo hagan, es mejor estar pobres pero juntos.

Este es un llamado para aquellos que no les han creído a los niños cuando les confiesan que alguien abusó de ellos.

Este es un llamado para que escuchemos a los niños y que no los hagamos a un lado. No les digamos: “usted es niño, por lo tanto cállese cuando los adultos están hablando…” ¿qué acaso lo que dicen los niños no es importante para que los adultos no los escuchen?

Es triste saber que la familia ya solo es un concepto en los diccionarios, pues en la realidad real es algo en extinción.

No queremos más niños indigentes en los semáforos, por eso trabajemos por la familia.

EL COSTO DE LA VIDA, UN PROBLEMA DE NACIÓN

domingo, 28 de agosto de 2011 1 comentarios


En los últimos años el costo de la vida ha subido de forma significativa, lo que ha afectado a miles de salvadoreños de escasos recursos. Con el alza a los precios de los combustibles y con el encarecimiento de la canasta básica, la situación económica de nuestro país ha llegado a niveles exorbitantes de sofocación. Muchos vaticinan desde ya que si esta situación sigue así, el país entrará en una especie de crisis profunda.
Si bien hace pocos meses se aumentó el salario mínimo tanto en el sector privado como en el público, ello no ha sido suficiente para que el bolsillo de muchas familias de un respiro considerable; pues constantemente el precio de varios productos ha experimentado alzas notorias en sus precios. Para comprobar esto basta solo con observar cómo cada semana el precio de los combustibles aumenta, o corroborar la subida en el coste que ha experimentado la libra de frijoles en los últimos meses.
Mientras tanto, el Gobierno es solo un simple espectador, que lejos de estar enfocado a apalear esta situación, se dedica implementar planes que a larga solo deterioran más el bolsillo de la ciudadanía. Ejemplo de ello es el famoso subsidio del gas, que ha generado mucha polémica, debido a que, si bien no afecta de forma directa a los las familias de escasos recursos, perjudica a quienes son propietarios de pequeños negocios, que ahora tienen que estar sometidos a una determinada cantidad de consumo de cilindros de gas; pues de rebasarla, se ven obligados a pagar su precio tal cual se ofrece en el mercado. La falta de un estudio riguroso de esta medida ha desencadenado más inconvenientes de los que ya se tenían. Las medidas precipitadas jamás surten el efecto esperado. Nuestras autoridades deberían, pues, estar enfocadas a trabajar con ahínco en el fortalecimiento de las microempresa y en apoyar sistemáticamente a los más necesitados, brindándoles créditos con facilidades de pago. La ayuda del Gobierno se debe hacer sentir, no puede quedarse en una simple promesa. Aunque la inestabilidad económica no sea su responsabilidad total, se pueden tomar acciones considerables para mejorar esta situación.
Así pues, en vista de que muchos productos aumentan de modo incontenible, es preciso que las autoridades estatales den pasos significativos respecto de aumentar los impuestos a los sectores más pudientes del país, con el objeto que colaboren a que se puedan desarrollar más planes de desarrollo para la gente pobre. Es importante, además, que se busquen otras opciones para, de alguna manera, sustituir algunas mercancías, que por sus altos precios miles de personas no los pueden adquirir ya. Hace poco resonaba muy fuerte la idea de implementar combustibles alternativos como el biodiesel, elaborado a partir de…. Ello supone una buena posibilidad que ayudaría a que una buena cantidad de los ciudadanos experimentaran un alivio financiero importante.
No obstante, el panorama sombrío que por ahora impera en nuestra economía no se podrá superar si todos los sectores encargados de dirigir al país no toman consciencia de la importancia que se le debe dar a este problema. No es posible que se piense de forma individual si tenemos en cuenta que se trata de un asunto de nación. Aunque el Gobierno sea el principal responsable de velar por que la economía se mantenga en niveles aceptables, recordemos que quienes en verdad llevan las riendas del país lastimosamente son los grandes capitales, los empresarios. Quizá, trabajar en conjunto suene insensato, pero desde un punto de vista congruente, todo se debe edificar como una sola fuerza que esté encaminada a desarrollar a nuestra sociedad. El costo de la vida aumenta de forma acelerada, y ello, a la vez, conlleva un serio retraso en las aspiraciones de esta nación.
Así también, es importante que dejemos de ser un país consumista y nos convirtamos en un país productor, capaz de ofrecer buenos productos. Ello, por supuesto, implica que se modifique el sistema económico que predomina por ahora. El bienestar de nuestra sociedad radica en nosotros mismos, solo basta con pensar en el futuro y encontraremos las repuestas necesarias a nuestras interrogantes. Hay muchas personas que se regocijan al saber que existen muchos centros comerciales, en donde pueden realizar sus compras, mas no toman en consideración que este tipo de infraestructura es parte de un sistema que nos ha desangrado por más de veinte años. Es necesario que reflexionemos para que nos demos cuenta de que debemos actuar de conformidad con nuestras necesidades; de lo contrario, nuestro modo de vida, pronto, nos obligará perecer sin percatarnos.

La calle de las mil historias.

jueves, 18 de agosto de 2011 0 comentarios

Caminando por la famosa Avenida Independencia, me di cuenta que ésta es la calle de las mil historias.

En las aceras, no es difícil encontrarse con niños y niñas de 14 años que en sus manos en vez de libros y cuadernos llevan bolsas con plátanos, tomates, cebollas y frutas para vender.Y en vez de ir a la escuela, corren a subirse a los buses para ofrecer sus mercancías a los usuarios del transporte colectivo y así conseguir un par de monedas de parte de sus clientes que con desconfianza y trato frío les compran.

Los zapateros con sus herramientas, sentados en unos pequeños bancos de madera, cambian las zuelas de zapatos viejos y los cosen para que queden como nuevos otra vez. Saben que su oficio ya no es rentable porque la globalización y la gran publicidad inyectan en la personas el insano consumismo por los productos importados, no obstante tienen que seguir en su labor porque es lo único que saben hacer para sacar adelante a sus hijos y esposas.

Las vendedoras informales, con sus grandes delantales y canastos, se han apropiado de las aceras para establecer sus puestos y vender a todos los transeuntes que pasan por la Avenida. Sus hijos más pequeños las acompañan y al lado de ellas, en un pequeño espacio, juegan con tierra e imaginan que las botellas plásticas son los juguetes más bonitos que existen. Sucios y con un estómago grande, quizá por los parásitos, se pasan las horas debajo del sol ardiente con una sonrisa inocente que ignora su paupérrima situación económica. Sus madres, las vendedoras, muchas veces han sido advertidas para que abandonen el lugar, de lo contrario serán desalojadas a la fuerza, pero ellas hacen caso omiso porque piensan que solo allí podrán hacer negocio con los capitalinos.

Cerca de una parada de autobuses, un payaso espera recostado sobre la pared de un viejo edificio, la próxima unidad de transporte en la que hará nuevamente su número artístico y así ganar además de simpatía, un par de sonrisas y unas cuantas monedas para cenar junto a su familia cuando retorne a su hogar. Pero estando allí, en la espera, aunque con su su nariz roja y pintura alegre en su cara lo disimula bien, se le puede notar su tristeza y preocupación por sobrevivir en este sistema capitalista.

Más adelante en esta calle de las mil historias se encuentran las trabajadoras del sexo. Que comienzan a salir cuando el crepúsculo anuncia que se avecina la noche. Y aunque muchos no lo crean, ellas gritan desconsoladamente al cielo rogando que si se pudiera regresar en el tiempo, lo harían con el único propósito de corregir errores de su juventud y escapar de las situaciones dolorosas que las llevaron hasta donde hoy están, y así poder tener aunque sea un céntimo de dignidad.

Caminar por la Avenida Independencia me enseñó que nadie está allí porque quiere. Cada quien tiene su propia historia, pero en lo que coinciden todos es que la necesidad económica los obliga a seguir allí, aunque en realidad quisieran escapar a una vida mejor.

Ezequiel Barrera

¿Se debe reaperturar el caso Jesuitas?

martes, 9 de agosto de 2011 0 comentarios

España está reclamando que se aplique justicia a los militares involucrados en el asesinato de los jesuitas y sus colaboradoras en noviembre de 1989. En El Salvador se respira un ambiente de pugna porque ARENA acusa a España de intromisión y al gobierno salvadoreño de tener intereses políticos y crear una cortina de humo para los problemas que enfrenta el país. No obstante, el FMLN dice que en este caso nadie puede sacar una raja política. Aparte de estas opiniones: ¿Es comprensible que España siga reclamando justicia en este caso?



El problema en este caso no es conocer la verdad sobre lo que sucedió, pues la Comisión de la Verdad lo aclaró explícitamente, y todos lo sabemos perfectamente. El problema aquí es determinar si es o no legal la reapertura del caso.

La opinión está dividida, ARENA acusa a España de intromisión y argumenta que no puede ser posible la extradición de estos militares porque solo su propio pueblo conoce con detalle los acontecimientos y por lo tanto sólo él puede juzgar. Añade que un principio universal dice que no se puede juzgar a una persona dos veces por un mismo delito, y que en El Salvador ellos ya han sido juzgados. Asimismo señalan al gobierno de tener interés en este caso y crear una cortina de humo para desviar la atención de los principales problemas de nación.

Por otro lado, tenemos la opinión del FMLN que se defiende diciéndo: "Aquí nadie puede tener intereses políticos". En este escenario también aparece Monseñor Escobar Alas opinando: "No nos oponemos, estamos a favor de la justicia y la verdad, aunque hayamos perdonado este hecho..."

Ante todas estas opiniones, lo que sigue en juego es la justicia que aun está en deuda con los jesuitas y sus colaboradoras. Sigue en deuda porque en su momento "la justicia salvadoreña", por presión internacional, procesó a estos militares, pero al estudiar ese juicio, se puede observar que tuvo muchas irregularidades, tanto así que se puede concluir en que dicho juicio fue tan solo una pantomima para acallar la sed de justicia de los salvadoreños y la comunidad internacional interesada en este caso.

Si aquel juicio fue tan solo un acto de fachada, es comprensible que España siga exigiendo la reapertura del caso jesuitas y sus colaboradoras.

¿Qué opinan los lectores?

Ezequiel Barrera

 
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